June 2nd, 2008 by | Posted in Relatos | No Comments »
Era un barrio como muchos, aburrido y tranquilo…. típico, igual a todos; excepto por una personita, diferente por sus acciones y llamativo por la falta de ellas.
Era un pibe llamado Martín, pero todos lo llamaban “chicho” debido a los chichones que siempre tenía en su cabeza, producto de los abusos constantes de todos los amigos de su edad.
Sus padres sentían responsabilidad por los maltratos. Pero igual lo obligaban a salir a jugar. Querían que a toda costa se integrara a la sociedad de algún modo, pero esto nunca ocurría.
Su condición oscilaba entre autista y sordo. No sabían cual de las dos era, ya que en ciertas ocasiones lo escuchaban hablar y reír solo, siempre cuando estaba solo. Sordo tampoco podía ser, ya que si le hablaban o le pedían que haga algo, lo hacía sin ningún tipo de retraso ni dificultad en cualquier área, aunque la presencia de alguien bastaba para bloquearlo…solo actuaba en soledad.
Cumplidos los cinco años, sus padres seguían sin darle mayor importancia al asunto. Pero a esa edad comenzaron los verdaderos problemas, ya que fue ahí cuando, a la fuerza, lo introdujeron al mundo exterior.
El chicho volvía a casa luego de unas horas de “juego”, se iba al baño, se lavaba la cara, se quitaba el barro y la sangre que le salía, por lo general, de la nariz y se sentaba frente al televisor.
El “tele” estaba en el living, a la izquierda de una gran ventana que daba a la calle, y a la derecha de la puerta que daba al pasillo que conducía a las habitaciones de la familia. El era hijo único, y por más intentos que sus padres hacían, no podían cambiar esto.
Pasaba horas frente al tele… ansioso… esperando. La madre nunca entendió -¿por que tanta espera?,-¿no podes encender la tele vos solo?- murmuraba malhumorada…
En fin, a veces pasaba largísimo tiempo frente al televisor apagado, hasta que su mami se lo prendía.
Igual nunca prestaba atención a la programación. A veces miraba toda la tarde un canal sin sintonía. Sus malditos vecinos se mofaban y le tiraban piedras gritando toda serie de rimas malvadas al verlo en transe toda la tarde.
Llegaba la noche, el padre cerraba el ventanal y se disponían a dormir.
Esas horas siguientes eran las que estaba esperando todo el día, así que, al ver a su pobre hijo desquiciado llenársele la cara de alegría, no tenía el corazón para obligarlo a ir a dormir. Entonces apagaba todas las luces. Le decía que no se quede mucho tiempo despierto. Cerraba la puerta del pasillo dejando su luz encendida toda la noche, como de costumbre.
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