El Clérigo
No sé porqué,pero siempre esperábamos el último rescoldo de brazas a punto de morir,parar comenzar a escuchar las historias,tras un largo dÃa de faena.
Nos sentábamos en unas bancas de madera a punto de derrumbarse,con un tazón agrietado que humeaba té con leche,o café con el mismo aroma de la mañana en que dejamos nuestras casas para salir al trabajo y una marraqueta tostada por las brazas.
Alonso,el que narraba las historias que tanto nos gustaban,estaba distraÃdo,sorbiendo el café espumoso y caliente que apenas rozaban sus labios.Era un hombre grande,tiznado y curtido que siempre llevaba encima un relicario que parecia de plata.Todos le tenÃamos harto respeto;era amable,educado,demasiado para trabajar en el campo y jamás le oimos un resoplo de fatiga y eso que era el mayor de todos.VestÃa un traje gris que resaltaba sus grandes ojos negros y su boca era,en contraste con su rostro ancho y fuerte,una sutil linea delgada que parecÃa, apenas ,un trazo de niño que estaba aprendiendo a escribir.
=¿No nos va a contar nada,oiga?=dijo Molina.Hombre pequeño,pero fuerte a la hora del trabajo.
Alonso lo miró,se movió un poco y contestó que ésa noche no estaba para historias.Que lo dejaran tranquilo…
Todos nos miramos;aquello era inusual en nuestro arquetipo de vida.Algo andaba mal y ninguno se atrevÃa a preguntarle al hombre enmarañado en algun lejano y tal vez doloroso recuerdo, que lo mantenÃa a en un profundo silencio. De pronto,dijo con voz ronca,como acostumbraba:
=Hoy es noche de San Juan…Ahà les va ésto: ” Hace años,cuando era joven,salà por ahÃ,en un lugar que no viene al caso,a tomarme unos tragos con unos que se decÃan mis amigos.Cuando ,ya bien entrada la noche,me quise ir,uno de ellos me advirtió del camino que se cruzaba con la casa del cura Enzo,que habÃa llegado con su cuento del evangelio.QuerÃa hacer una capilla y bautizar a todos los que habÃan nacido,según él,sin la venia del Señor.Como estaba borracho,no le hice caso y me fui no más,refunfuñando que a mi nada de curas o clérigos o algo por el estilo y ni puse atención a lo que decÃa entre su verborrea asquerosa y mal oliente.
El viento,me refrescó la cara y poco a poco se me fue espantando la borrachera.Comenzé a pensar en lo que habÃa gastado,teniendo apenas para comer y me sentà un poco culpable,pero,como dicen por ahi”a uno se le calienta el hocico”. TodavÃa me faltaba mucho por llegar a mi casa y como no tenÃa ganas de caminar,tomé el camino cruzado.Me fui silbando una canción añeja,cuando de pronto vi unas llamas que se veÃan a lo lejos.Pude haberme apurado,pero el solo hecho de ayudar a quién me habia llamado la atención una vez por culpa del trago,me hizo disminuir el paso.Incluso tuve la desfachatez de encender un cigarro y sentarme muy tranquilo a echar unas pitadas.De pronto se me acercó el clérigo ese,y me suplicó ayuda.Pero yo estaba demasiado ocupado en mà mismo,como para pensar en un maldito cura…Y sin más le pegué un puñetazo que lo dejó tirado en el suelo mientras veÃa como se consumÃa la capilla,dejando al desnudo su lugubre esqueleto.
Me fuà silbando,a paso lento,para terminar mi cigarro.
No más llegué a mi casa y me quedé pasmado:ahà estaban mis viejos tomando café con el hombre al que yo habÃa golpeado.No estaba sucio o algo por el estilo,ni se veÃa cansado por llegar antes que yo;al contrario¡ estaba fresco como una lechuga…!Me saludó y yo,en mi terror no atiné,sino a correr a mi pieza,que quedaba al fondo del pasillo.TenÃa unos veinte años por lo que,pensé en mi miedo,seria una visión del trago que ya me estaba carcomiendo el ser,como a aquel tÃo solitario,que cada vez que tomaba,decÃa que su cama era el ropero de tres cuerpos que ocupaba casi toda la habitación,en medio de gritos,insultos,escupitajos y lloriqueos de una mujer,que nunca se supo de donde venÃan y que aterraba hasta al más valiente de los peones.¡Como no,si cada vez que chillaba aparecÃa esa mujer blanca, menuda,que al mirarnos movÃa la cabeza y se iba en dirección al maldito ropero,dejando el ambiente frÃo y con un pestilente olor a azufre.!
Me và en aquella habitación.Pero en vez del llanto de la mujer,estaba el clérigo con su sonrisa,que mas bien era una mueca de aspecto tenebroso y sarcástico.Temblé.Olfateé el olor a azufre y como un niño cerré los ojos,aterido,pensando que lo que veÃa no era cierto:pero,no.Allà estaba yo,entre gritos,blasfemias jamás escuchadas y el maldito clérigo con su burlesca sonrisa y sus ojos negros y maliciosos.
Comenzé a golpear con fuerza todo lo que estaba a mi paso.Sentà mis manos calientes y espesas y blasfemé y grité y lloré hasta que el sonido ya no salÃa de mi boca.Maldije una y otra vez y le pedà con ansias al Diablo que me sacara de encima al cura.No recuerdo cuanto rato estuve asÃ,solo sé que aquella mujer sonreÃa y me decÃa con voz baja que acabara con todo.¡Y asà lo hice!.
Al otro dÃa,và con mis ojos hinchados de tanto llanto,la sangre seca que cubrÃa mis manos y gran parte de mi ropa.Las paredes salpicadas,los vidrios rotos,los cuerpos desmembrados…
De pronto,mi cerebro comenzó a ordenar el tétrico rompecabezas.Me levanté como un loco y comenzé a buscar al tipo de la sotana,pero por más que buscaba entre los restos de la casa,no pude encontrar nada.Respiré profundo y empezé a buscar a mis padres.Y encontré los restos esparcidos por la casa: habÃa cometido un crimen bárbaro.En un acto de irracionalismo,me bañé y vestà para luego salir en dirección a la capilla y cerciorarme que el viejo de la sotana aún se encontraba allÃ.
HabÃa un gran tumulto.Todo era cenizas,Lo único que quedaba en pie era una imagen de la Virgen negra de Montserrat que el clérigo habÃa traÃdo consigo.En medio de miradas extrañas volvà a mi casa, rogando a un Dios al cual jamás habÃa venerado,que todo fuese un delirio por tomar tanto.Al abrir la puerta,el olor a sangre hirió mis narices y cerrando los ojos caà de rodillas e intenté gritar,pero mi garganta cerró el paso del dolor.Lloré y volvà a maldecir…Esperé la noche,comà un poco e incendié la casa.Si mirar atrás,escuché en medio de las llamas el lloriqueo de una mujer.Me estremecà y salà corriendo;Al llegar al cruce de caminos me topé con el cura Enzo y và en sus ojos la maldición que me acompañarÃa hasta el dÃa de mi muerte…”
Molina y los otros quedaron en silencio.HacÃa frÃo y ya habÃan sorbido el último tazón de té,que no entibiaba ni el alma.De pronto,Alonso se levantó,sacó una vieja escudilla decorada con un motivo con tres aspas y lo colocó sobre las cenizas.Sobre ella puso unas monedas,que los otros no reconocieron y tomando una imagen de una Virgen negra,comenzó a rezar.El monólogo era ininteligible y con la oscuridad y el frÃo de la noche,tomaba un acento espectral.Al terminar,se levantó y tomando las runas y la escudilla,envolvió en una tela vieja todo lo que habÃa sacado y lo guardó con sumo cuidado.
Mirando fijamente a los peones,dijo con su acostumbrada voz ronca:hoy es noche de San Juan.Él debe estar por llegar;es tiempo de que se vayan a sus casas.
Todos estaban impávidos.De pronto,en un murmullo casi imperceptible se escuchó la voz de un viejo que repetÃa sin cesar:
=¡Alonso,me estás matando!.
Salimos despavoridos,mientras oÃamos los rezos de Alonso,el acento gutural del cura Enzo y el lloriqueo de una mujer…
